martes, 25 de octubre de 2011

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Poco a poco fui despegando la vida de las cuatro paredes que me habían oído llorar, gritar, reír, susurrar, y en cada trozo de ella percibía la presencia del recuerdo. Retiré con calma mis escritos, mis recortes, mis fotos, mis dudas, mis errores, mis promesas, mis llantos, mi soledad, mi sinsentidos, mis pasiones, mi entusiasmo, mi crecer prematuro, mi dolor, mi indiferencia, mi esperanza, mi tristeza, mi agonía, mi ansiedad, lo que formó parte una vez de mí. Sin embargo, quedaron las marcas de todo aquello como si fueran cicatrices del tiempo y sentí la desesperación constante de no encontrar nunca lo que buscaba.

Y después de aquello, después de haber guardado la arena de la playa, los silencios, las confesiones, las guías, las noches, después de haber guardado con más cuidado una pequeña caja donde los recuerdos podrían brotar en cuanto la abriera , sólo después de eso, me centré en mi ventana.

La ventana que me daba los buenos días desde los cristales a los que apenas bajaba las persianas porque adoraba que el sol fuese lo primero que viese cada mañana e incluso en las noches, me hacía ver aquel cielo tan inmenso y junto a ello, me traía la dulce brisa del frío, esa tan esperada.
Y más que nunca tuve consciencia del tiempo y de cómo cambian las cosas. Y entonces me vinieron a la cabeza millones de imágenes congeladas en el
tiempo, millones que ya no
volverían.

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